Sáenz de Oíza viajó a Estados Unidos en 1947 con una beca, volvió con Frank Lloyd Wright y Louis Kahn en el equipaje y dedicó los cuarenta años siguientes a sostener en Madrid que un edificio moderno podía ser orgánico sin ser pintoresco. A la basílica de Arantzazu de los años cincuenta, levantada con la escultura de Jorge Oteiza y censurada por ello desde el Vaticano, siguieron Torres Blancas, las Torres de Colón, la torre de vidrio negro del Banco de Bilbao y los largos bloques de vivienda social de la M-30. Fue un profesor exigente y célebre por su locuacidad en la escuela de Madrid, y en su estudio trabajó como joven colaborador en Torres Blancas un Rafael Moneo recién titulado. Su material es el hormigón encofrado y abujardado, trabajado como si fuera fábrica de piedra.