Salmona pasó nueve años en el taller de Le Corbusier en París y volvió a Bogotá en 1958 para dedicar el resto de su vida a discutir con lo aprendido allí. Su material fue el ladrillo cocido, elegido por razones que enunció sin rodeos: se hace con barro y da trabajo a mucha gente; los albañiles bogotanos lo usan con munificencia; su color varía con la luz; y la arquitectura de ladrillo está emparentada con la vegetación de la ciudad. Con ese único material levantó rampas, escaleras en caracol, patios de agua y terrazas que entienden el espacio abierto como generador del cubierto y no como su sobrante. Las Torres del Parque, el Museo del Oro Quimbaya y el Archivo General de la Nación muestran el alcance de una sola paleta. Recibió la Medalla Alvar Aalto en 2003, cuyo jurado destacó su uso de materiales auténticos.