William Burges fue el más obstinado de los goticistas victorianos. Mientras sus contemporáneos discutían qué siglo convenía resucitar, él eligió la Francia del XIII y no se movió de ahí: entendió el gótico francés temprano como un sistema completo de construcción, escultura, orfebrería, vidriera y mobiliario que el arquitecto debía controlar hasta la última bisagra. Hijo de un próspero ingeniero naval, tuvo dinero suficiente para trabajar despacio y rechazar lo que le aburría. Ganar en 1863 el concurso de la catedral de San Finbar en Cork le dio, a los treinta y cinco años, su primer gran encargo y el único que vio terminado íntegramente según sus propios diseños. Después rehízo para el marqués de Bute el castillo de Cardiff y Castell Coch como fantasías medievales saturadas de color. Murió a los cincuenta y tres, dejando una obra breve y densísima.