Van Eyck pasó la guerra estudiando en Zúrich, volvió a Ámsterdam en 1946 y dedicó las dos décadas siguientes a proyectar varios centenares de parques infantiles municipales: intervenciones pequeñas y exactas en solares bombardeados y sobrantes. Desde los CIAM y luego desde el Team 10 atacó el urbanismo funcionalista por tratar a los habitantes como estadística, y reclamó en su lugar lugares y ocasiones separados por un umbral nítido. Codirigió la revista Forum con Herman Hertzberger y Jaap Bakema, enseñó en Delft y leyó con atención la etnografía dogón y pueblo sin imitar sus formas. Sus edificios —el orfanato de Ámsterdam, el pabellón de escultura de Sonsbeek, la Casa Hubertus para madres solteras— se montan con unidades pequeñas repetidas y agrupadas en torno a umbrales, no se componen como objetos únicos. Rechazó cuantas etiquetas le ofrecieron.