
Iniciado en 1731 y consagrado en 1736 bajo la supervisión de Diego de Porres, fue el último convento fundado en Santiago de los Caballeros y el más inventivo. Todo en él responde a que la ciudad venía siendo sacudida desde el siglo XVI: los muros son de un espesor enorme, los arcos arrancan bajos desde columnas tan anchas que parecen pilas y el ornato se concentra en la portada de la iglesia, labrada en piedra, tratamiento que sólo comparte con la Escuela de Cristo. Tras el claustro se alza la torre del retiro, patio circular rodeado por dieciocho celdas con retrete y área de estudio propios, a la que se ha llamado el primer edificio de apartamentos de América; la bóveda bajo el noviciado descansa en una sola columna en forma de hongo de tres metros de diámetro. Después de los terremotos de Santa Marta de 1773 la comunidad se trasladó a la nueva capital y el inmueble se vendió: sirvió para secar café y albergó una tintorería antes de que en los años cuarenta comenzara su restauración.
Santiago de los Caballeros fue una capital colonial trasladada dos veces tras las sublevaciones kaqchikeles y un lahar, y su traza se dispuso para centralizar la autoridad española sobre lo que las fuentes describen como los setenta y tres pueblos indígenas y sujetos del entorno que la sostenían. El convento de Capuchinas pertenece a ese sistema: lo autorizó la corona, y su novedad —suprimir la dote que había impedido la vida religiosa a las jóvenes de escasos recursos— fue una reforma dentro de la iglesia colonial, no fuera de ella. La estirpe de maestros de obras forma parte del cuadro. Diego de Porres era hijo natural de Joseph de Porres, mestizo de Santiago que ocupó antes que él el mismo cargo de maestro mayor: la arquitectura de la capital española de Centroamérica fue proyectada durante dos generaciones por una familia mestiza formada en sus propias obras.
Wikidata Q5116750 · Commons: File:Kapuzinerkonvent Antigua, Guatemala-2.JPG · Foto: Willyman · Licencia: CC BY-SA 4.0