Melnikov nació en una familia campesina del extremo norte de Moscú y llegó a la arquitectura gracias a un protector que reparó en un niño que dibujaba. Toda su carrera construida cabe en una década. Entre 1923 y 1933 levantó el pabellón soviético de la exposición de París de 1925, cinco clubes obreros en Moscú y sus alrededores, cuatro cocheras de autobuses y una casa: la suya. La crítica lo agrupa con los constructivistas y compartió clientela con ellos, pero nunca aceptó la disciplina del grupo: prefería figuras geométricas forzadas hasta volverse extrañas —cilindros encajados, un abanico de gradas en voladizo sobre la calle, una rampa diagonal de aparcamiento—. Cuando el neoclasicismo estalinista cerró el debate hacia 1935 se negó a convertirse y pasó cuarenta años pintando retratos y enseñando.